Virus de película

         
Por: Mina Albert

Como si de una profecía se tratara, en el año 2011 llegó a los cines Contagio. Con un reparto internacional de lujo, Steven Soderbergh nos instruía a lo largo de 106 minutos sobre el origen y propagación de una pandemia causada por un virus mortal. La cadena de transmisión se iniciaba en China con un murciélago que infectaba a un cerdo y acababa contagiando a la incauta de Gwyneth Paltrow durante su visita en Hong Kong a un restaurante poco recomendable. ¿Cineasta visionario? Más bien un tipo informado.



No son nuevas las voces científicas que vienen alertándonos desde hace décadas sobre las posibles pandemias que nos acechan como resultado de la destrucción de ecosistemas, la ganadería extensiva y el cambio climático. Los virus patógenos existen desde el principio de los tiempos, pero nunca hasta ahora habían tenido la capacidad de viajar y extenderse a través del planeta en cuestión de horas por cortesía de la globalización.

Tampoco es nuevo el interés del séptimo arte por las historias víricas, habida cuenta del viejo idilio existente entre los espectadores y los géneros de terror, catástrofes y otras categorías susceptibles de meter miedo.

A la caza del portador

En 1950, Pánico en las calles ganaba el Óscar al mejor guion. Dirigida por Elia Kazan, nos ofrece una persecución frenética a la caza de dos asesinos portadores del virus de la peste neumónica para evitar que puedan contagiar a otras personas y desencadenar una epidemia. ¿Cómo lo han adquirido? El transmisor no es un murciélago ni otro animal salvaje… sino un inmigrante.


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Trailer de “Pánico en las calles”, de Elia Kazan.

También Kazan había emigrado desde su Grecia natal con la familia hasta los Estados Unidos de América, pero en los años 50 no solo había conseguido ya la nacionalidad y cierto éxito profesional sino también una habilidad especial para sobrevivir a cualquier tipo de infortunio o caza, especialmente la de brujas.

Y es que el peligro y el mal, en el cine de catástrofes, suelen ser forasteros.

En 1995, el alemán Wolfgang Petersen, curtido en el género, dirige Estallido, basada en el ensayo Zona caliente, sobre el virus del ébola, del catedrático de Princeton Richard Preston. El ejército americano intenta acabar con un virus letal por las bravas, bombardeando el foco original: un poblado del Zaire.

“Estallido”.

Como buen espectáculo made in Hollywood, no solo salta por los aires el poblado africano y el virus sino también Dustin Hoffman, a quien vemos lanzarse desde un helicóptero a un barco solo para lucirse, puesto que no consigue evitar que el virus navegante alcance la ciudad de las estrellas. El transmisor en este caso es un pobre mono que viaja en el barco sin billete. Y sin consentimiento. Peligros del tráfico ilegal.

Ese mismo año, el brillante Terry Gilliam va aún más lejos y en 12 monos envía a Bruce Willis de viaje al pasado tras la pista de un virus letal que ha contaminado la superficie del planeta obligando a los supervivientes a vivir recluidos bajo tierra. Basada en el mediometraje de culto La Jetée (El muelle, 1962) de Chris Marker, nos adentra en un mundo confuso y delirante donde ningún viaje en el tiempo será capaz de revertir la destrucción causada. Advertidos quedamos.

“12 monos”.

A medida que los virus han hecho su irrupción en geografías diversas desencadenando graves epidemias, han ido apareciendo en sus respectivas cinematografías ficciones que documentan sus experiencias, como la propagación de la gripe aviar en la surcoreana Virus (2013), el nipah en la india Virus (2019) o el ébola en la nigeriana 93 días (2016).

Cuando los virus de cine se convierten en pandemia

Al contrario que los anteriores, sus efectos no se parecen a los de la gripe aviar ni a ningún coronavirus. Ajenos a la realidad, aunque realizados con realismo, los virus de película se propagan por todas las cinematografías del planeta desde el Norte de América hasta el Sureste Asiático. Más peligrosos que la fiebre alta y la tos seca, no requieren de test para confirmar el contagio porque los síntomas son reveladores: la típica mala cara y la rebeldía asesina sin causa característica de los zombis. ¿Otra ventaja? No hay necesidad de multas para mantener la distancia social.

En 28 días después (2002), el inglés Danny Boyle nos dejó fascinados con la soledad de Cillian Murphy recorriendo las calles absolutamente vacías de Londres en plena catástrofe vírica. Si su estreno hubiera sido en este 2020 no nos habría causado el menor impacto, acostumbrados ya tras el estado de alerta al paisaje cotidiano de un mundo desierto.

“28 días después”.

¿Se anticipó a la COVID-19? En absoluto. Murphy no sale a hacer la compra escapando al confinamiento sino que es el único superviviente ingenuo que anda exponiéndose a la vista de sus infectados vecinos, convertidos en zombis a la caza de ciudadanos sanos.

Brillante y espectacular, en 2016 nos llega desde Corea del Sur Tren a Busan. Su director, Yeon Sang-ho, nos sienta en el tren con los supervivientes sanos de un virus zombi y nos lleva de viaje camino a Busan, zona libre de infección, durante 118 terroríficos minutos. ¿Quién había dicho que todos los pasajeros del tren estaban sanos?

“Tren a Busan”.

El catálogo de películas sobre pandemias es innumerable, pero solo es el principio. Tras el fin del estado de alerta que vivimos a nivel mundial, necesitaremos contarnos las historias sucedidas en este momento extraordinario de nuestra historia reciente. Grandes o pequeñas, llegarán más documentales, ficciones y series basadas en la realidad. Descubriremos a los villanos que se aprovechan de la vulnerabilidad de los otros para su propio interés y celebraremos a sus héroes, aquellos que trabajan hasta la extenuación por el bien común.

Siguen advirtiéndonos los expertos de que vendrán nuevas pandemias y tal vez serán peores. Necesitaremos un sistema sanitario reforzado y mayor inversión en investigación. La manera de evitar nuevas pandemias, insisten, es cambiar nuestra forma de vida, evitar el consumo frenético, la producción insostenible, acabar con la deforestación y el cambio climático… Pero esa es otra película.

Artículo de THE CONVERSATION