Ser mamá es lo máximo, ¡Pamplinas!

Desde chiquita me dijeron que mi vida sería lo mejor y más completa cuando fuera madre. Crecí en una ciudad pequeña donde las metas en la vida no son muy ambiciosas. Casarte, tener hijos y tener una casa linda llena de chiquillos corriendo por todos lados.

Perdoooooon????? Y quién le dijo a mi abuela y a mi madre que yo quería eso. ¡Cero! Mis planes de adolescente eran viajar, conocer el mundo, independizarme, ser rica y vivir sola en una ciudad grande y cosmopolita.



Todo lo logré a pesar de mis mujeres familiares y sus planes. De mayor me uní a un maravilloso hombre con quien me convertí en madre.

¿Qué? Poco me duró mi muy convencido pensamiento de ser “diferente” a mis primas y vecinas. 



Para mí ser mamá no fue fácil ni disfrutable. ¿Por qué lo hice?

Les cuento.

Casi llegaba a los 30 cuando mi cuerpo que amaba y cuidaba en el gym se convirtió en uno de alguien que no conocía. Subí 32 kilos. Todos me preguntaban si tendría gemelos o trillizos. Sorpresa, nació y solo peso 2.7 kilos. Una miniatura. Y el resto de kilos se debían a mis ganas de comer, a mi ansiedad por no poder fumar y a una serie de cosas que no recuerdo y que me mencionó el ginecólogo.

Durante el embarazo me la pasé llorando. Primero porque ese embarazo terminó con mi proyecto de trabajar en Sudáfrica, el cual era uno de mis grandes sueños; después porque me convertí en una gorda que se miraba al espejo y se daba asco. Me daba vergüenza volver a tener sexo con mi pareja. Me sentía asquerosa. Finalmente, mi bebé lloraba todo el tiempo. No le gustaba el chupón, rechazó que lo amamantara y cuando quería darle pecho me lastimaba. ¡No me gustaba ser mamá!

Esto jamás lo conté. Tal vez podrían lincharme y más en este país en el que la maternidad es casi casi sinónimo de cuasi santa. Nada más lejos de la realidad.

Imagínense contarlo en una reunión del colegio donde todas las mujeres hablaban de su enorme bendición. Unas lo demostraban y las respetaba, es más, la envidiaba. Otras, las que más presumían de su felicidad por ser madres jamás las vi acercarse a sus niños, los atendían las nanitas. Esas no valían para mi como madres ejemplares.

Pero esta columna no la hice para asustar a nadie. Creo que al final es un espacio que mi adorada Claudia Lizaldi me otorgó muy generosamente para decir aquello que pocas mujeres nos atrevemos a decir. Sensaciones, sentimientos, cambios. Ser mamá no es fácil, todas somos diferentes y sobre todo, cada una tiene su historia. Por eso no debemos juzgar.

Para mi tranquilidad y la de aquella que pueda leerme, hoy soy una madre feliz. Aprendí con el tiempo, la experiencia y con el amor de mis hijos, a aceptar que ser madre no significaba el renunciar a mis sueños personales, a dejar de lado mi parte de mujer con todo y coquetería incluida; bajé de peso, me operé las tetas, contraté una nana y fui la más feliz. Hay que darnos chance, todos lo vivimos diferente.

Todo cambia en la vida, incluso tu visión sobre ti misma, tus capacidades y tus horizontes.

Obviamente la experiencia me ayudó a disfrutar esta etapa que hoy reitero, es una bendición. Después tuve otro bebé y luego de 21 años recorridos, hoy tengo dos jóvenes que son mi familia, mi adoración y que si volviera a nacer volvería a ser mamá, sin duda.

Hoy AGRADEZCO todo lo vivido porque como siempre, Mi Mamá tenía razón.



Kassandra Gongora

Kassandra Gongora

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