“Preparamos a los niños para el futuro en detrimento de su presente”

         
Por: Redacción

Actualmente es tanta la preocupación de algunos padres por empujar a los niños hacia adelante, que a veces se olvidan que los niños deben vivir el presente y disfrutarlo, algo en este sentido nos cuenta Arno Stern, quien tiene 92 años, nació en Kassel (Alemania) y actualmente vive en París.

Stern relata que no pudo ir a la universidad y que él cree que nuestra sociedad basada en el consumo ha terminado. Los políticos buscan soluciones pedagógicas, sociológicas, pero no las encuentran porque no las hay en el interior del sistema.

Desde Mamá Natural te compartimos un fragmento de su pensamiento el cual fue publicado en la revista La Vanguardia y sobre el cual nos parece que debemos reflexionar:

“Siempre los estamos empujando hacia delante. Los alejamos cada vez más de ser y les imponemos el futuro. La vida transcurre en el momento presente, no se pinta para luego mostrarlo a otros, no hay un luego.

¿Alguna idea para una sociedad mejor?

Hace más de treinta años que creé y trabajo en un espacio, el Closlieu, un lugar para que las personas, y en especial los niños, experimenten el juego de pintar.

¿Y qué ha observado?

Lo que sucede cuando no hay competencia, ni juicio, ni objetivos, cuando se desarrolla una actitud creadora en cada quien, sin jerarquías por edad ni clases sociales, sin maestro.

¿Cuál es entonces su papel?

Soy un servidor, les hago la vida agradable, y esa función transforma las actitudes. Es lo contrario a una sociedad competitiva en la que se establecen objetivos y se prepara a los niños para un futuro que va en detrimento de su presente.

Es un difícil equilibrio.

Siempre los estamos empujando hacia delante. Los alejamos cada vez más de ser y les imponemos el futuro. La vida en el Closlieu transcurre en el momento presente, no se pinta para luego mostrarlo a otros, no hay un luego.

Hacer por el placer de hacer.

Sí, y esa es una actitud creadora, una experiencia extremadamente importante para los niños, que se realizan plenamente y viven la relación con los otros. Se crea un equilibrio y no una contradicción, y esto repercute enormemente en su vida cotidiana.

¿Qué vivió usted en la infancia?

Hasta los 9 años viví en Alemania, y cuando ­Hitler subió al poder huimos. Mi padre fue muy visionario y no esperó. Lo abandonamos todo y nos fuimos a Francia.

Se convirtieron en judíos apátridas.

Sí, personas toleradas cuyos derechos estaban muy limitados. Cuando los alemanes invadieron Francia, de nuevo huimos durante semanas hasta que se declaró una zona libre en el valle del Ródano y nos instalamos allí.

Hasta que cambiaron las leyes.

Sí, y empezaron a arrestar a los extranjeros. Nos escondimos en las montañas y un milagro hizo que pudiéramos entrar en Suiza, donde viví toda mi adolescencia en un campo de trabajo.

¿Qué entendió en ese periodo?

Fue muy interesante, éramos sobrevivientes, constantemente amenazados. Mientras vivimos en Francia, nos podían arrestar y fusilar en cualquier momento. Esta amenaza era permanente, y, a pesar de todo, jugaba.

¿Vivía con miedo?

Te acostumbras a él, es la pulsión vital. Mi padre era un hombre extraordinario, era muy creyente y se sentía protegido y conducido por su ángel de la guarda. No analizaba las situaciones, actuaba. Yo no tengo esa fe, pero creo que, efectivamente, él era conducido por su ángel, porque nos salvó de la muerte muchas veces.

Usted acabó encargándose de un grupo de niños huérfanos de guerra en Francia.

Se me pidió que los ocupase, era justo después de la guerra, en Francia no había nada. Encontré lápices y unos papeles reciclados, les hice dibujar y vi que sentían un gran placer, así que busqué pintura, ¡y eso fue el delirio! Cuando el orfanato cerró, monté mi propio taller.

Recorrió medio mundo en busca de tribus desconectadas de la civilización.

Sí, porque observé que todos los niños occidentales dibujaban las mismas cosas y me pregunté si era una cuestión cultural. Constaté que esos niños, preservados de la escolarización y la civilización, hacen las mismas figuras que los niños en nuestra sociedad, y que esta manifestación, ese trazo, es universal.

¿Cuál es entonces el origen?

No es lo que suponíamos: que los niños miran, registran y reproducen. Se trata de la memoria orgánica donde se almacenan todos los hechos de nuestra vida prenatal, el nacimiento y los primeros años de la vida. Se trata del programa genético que compartimos y que hoy las neurociencias llaman memoria celular.

¿Y usted la hace aflorar a través del juego de pintar?

Lo llamo formulación, un código universal de expresión. Considero que no solamente existe una memoria genética, sino un medio de expresión de esa memoria. Así creé la semiología de la expresión, un nuevo campo científico. En el trazo libre encontramos nuestro comienzo, es una manera de completar a la persona.

¿A través del trazo inconsciente?

Se trata de dejarse ir, de dejar aflorar y entender que no hay un después, pero en nuestra sociedad hace falta un entrenamiento para eso, porque hemos sido educados para ser razonables.

Me parece una cualidad.

Sí, pero sobrevalorada en detrimento de otras capacidades como la espontaneidad, algo que se produce más allá de la intención y del juicio de los otros. La formulación expresa una necesidad interior ignorada. Tenemos algo dentro de nosotros, un anhelo, y está a una profundidad que se nos escapa.

Lleva más de setenta años trabajando con niños, ¿qué ha aprendido de ellos?

Yo llegué a aquel orfanato sin prejuicios, todavía no había leído nada sobre el tema, no sabía nada, era virgen de ideas, y por eso encontré la verdad sobre los trazos de los niños.

Abomina de la educación artística.

Es paralizante. Les llenamos de ideas teóricas que no les permiten ser espontáneos. Los jóvenes que han sido arrastrados de niños por los museos no quieren saber nada de museos. Mientras que los niños que han vivido el juego de pintar tienen mentes creativas y abiertas.”

Dejemos pintar a los niños, para que desplieguen esa memoria celular tan importante en su vida.