Escolaricemos la VIDA, no la ESCUELA

         
Por: Redacción

A todos los padres, a todos nos preocupa y nos ocupa encontrar la mejor opción de educación para nuestros hijos, cuando pensamos en ello para la mayoría es sinónimo de escuela, de insertar al niño a la vida escolaridad porque es ahí, en la institución, donde se aprende, donde se educa…

La realidad de la vida cotidiana cada vez nos demuestra mas que esto puede ir en otro sentido y que pueden existir y existen otras alternativas. Es decir, basta con analizar ¿Dónde aprenden nuestros niños a ser individualistas, a competir ferozmente con el de a lado, a callar y a obedecer sin retar los paradigmas, a ser inseguros y dependientes?, ¿Dónde aprenden a sufrir y complicarse y a veces a compararse, en definitiva a ser infelices?, ¿En dónde se crea el caldo de cultivo para el bullying, ¿No será que docentes infelices dan mal ejemplo a los niños que luego creen que la felicidad es imposible?, ¿No será que las metodologías carentes de amor, fabrican seres incapaces de amar que luego se gradúan de drogadictos? Los niños son grandes investigadores espontáneos hasta que van a la escuela, la escuela muchas veces es el sitio donde el niño detiene su crecimiento innato, su curiosidad para aprender….

Mamá- preguntaba un niño a su madre mirando un manicomio-  ¿dónde  se estudia para ser loco?,  el silencio de ella dijo tantas cosas. Cuando decimos algo  distinto a lo que pensamos y vivimos en otra dirección, terminamos confundidos y confundiendo a cualquiera. La mejor escuela es aquella que enseña a vivir, es decir a soñar y reinventar el mundo a tiempo de ir construyendo identidades auténticas que les habiliten para asumir los desafíos que habitar este tiempo.

Quizá  tenemos como familias que dar menos importancia a la escuela y jugar más en casa, a mirar más a los niños desde el corazón, permitir más que los pequeños decidan y dar más ejemplos caseros de felicidad cotidiana. Los padres tenemos que acompañar y dar buen ejemplo y los profesores también.

No es la idea des-escolarizar a los niños, se trata de entender que la escuela es solo un complemento en la formación “académica” del menor. La escuela tiene que enfatizar más en las preguntas, potenciar la capacidad de preguntarse, de dudar, de buscar e investigar, de retar. Las respuestas  y las soluciones siempre serán secundarias. Es recomendable el aprendizaje auto dirigido, el énfasis en que cada uno se haga responsable de todo lo que hace y de los efectos colaterales de lo que produce.

La escuela no puede reemplazar a los padres, ni puede proporcionar al niño el afecto requerido en la medida suficiente. No puede negarse que existe una desnutrición afectiva que  luego se somatiza y por ejemplo baja la calidad inmunológica del cuerpo y nos predispone para enfermarnos.

Si  la  escuela no construye seres humanos, ¿dónde nos humanizaremos?. vale la pena preguntarse ¿por qué la escuela insiste en el aprendizaje de conocimientos inservibles mientras se niega a transformarse a pesar de  saber que la vida es movimiento constante?. Sin duda  necesitamos escuelas para aprender a vivir, escuelas que sean innovadoras en sus sistemas de acompañamiento en el aprendizaje.

Quizá sea necesario, abolir  el monopolio de la educación que detentan las escuelas y extenderla  a las calles, a la naturaleza y en especial al hogar, sucursal predilecta de la escuela. Entonces, lo fundamental ya no será la escuela sino la educación y ella se paseara libremente por todo lo ancho de la vida, no olvidemos que  las nuevas generaciones son el reflejo de  cada sociedad y si ahora están como están, es precisamente porque confundimos escuelas con educación.

En muchos casos será necesario emprender caminatas  de desaprendizaje creativo. Es tan saludable  olvidar aquello que no contribuye a elevar nuestra calidad e intensidad existencial. Necesitamos verdaderas escuelas para  la vida para niños y jóvenes, precisamos escuelas para desaprender para adultos, liberarlos de tantas creencias falsas y hábitos inoportunos, precisamos ayudar a  cambiar cosmovisiones y paradigmas y aprender a aprender y recuperar  solidaridades y capacidad de soñar y evitar  odiosas evaluaciones que nunca son justas ni reflejan nuestra situación integral y abolir el compararse y competir con el otro y dar mas importancia a lo que se siente  y aprender a gobernar las emociones y que niños jóvenes y adultos aprendan a ser libres. Solo habrá adultos realizados si de niños fueron felices.

El papel del docente será de motivar e inspirar, de los padres, dar buen ejemplo. Es necesario admitir  que somos diferentes y disfrutar de esa diversidad. Todos somos hiperactivos hasta que nos vuelven conformistas.

Mas allá de premios y castigos que huelen a manipulación, enseñemos a disfrutar, si esa capacidad innata ya fue malograda, respetemos el ritmo de los niños  y acompañémosles a descubrir el mundo, descartando verdades inmodificables, recordemos que venimos con la semilla que incluye un inmenso potencial y que al encontrar las condiciones adecuadas, puede crecer y florecer  y elevarnos hasta niveles sorprendentes de humanidad.

Desescolaricemos las escuelas y escolaricemos al vida, la educación no se tiene que parecer  a una fábrica de una cadena de montaje. Si queremos construir seres humanos, eduquemos para el autogobierno, para la pregunta y la exploración, para el disfrute y la renuncia, para el cambio y la creatividad. Eduquemos para una vida donde solo sobreviven, quienes aprendieron a aprender de todo lo que les pasa y a disfrutar, de todo lo que hacen, siempre que esto se encuentre en coherencia con sus principios y nutrido por sus mejores sueños.

Construyamos niños y adultos con gran capacidad de aprender y convirtamos a la vida toda, en una escuela sin muros y con una material fundamental: aprender a vivir.

Fuente y desarrollo: cambiemoslaeducacion.wordpress.com

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