Emprender para, ¿tener más tiempo para ellos?

Apenas había cumplido seis meses cuando lo dejé en la guardería, con su maleta azul muy bien acomodada, sus pañales, su leche especial, dos cambios de ropa, un par de biberones esterilizados, todo marcado con su nombre; y mi corazón desconsolado y lleno de remordimiento, ocupando el bolsillo del frente de la misma maleta y con el mismo nombre.

Los días de trabajo no volvieron a ser iguales. La mente en la computadora, los cientos de correo, las llamadas, el café y la gente que se paseaba por la oficina sucedían en cámara lenta, con cierta inercia, mientras una parte vital de mí se había quedado a unos pocos kilómetros, pensando si comió, si lo cambiaron a tiempo, si está durmiendo inclinado, qué estará pensando mi hijo ¿dónde estará mamá? Le había quitado el pecho un mes antes, razones y excusas me sobran, pero ya no me juzgo. Supongo que una se acostumbra o se resigna y con el tiempo se vuelve más llevadero. La tercera vez que llegué por mi hijo, pasadas las 8 de la noche porque el cliente llegó tarde a esa importante reunión, me estaba esperando la directora de la guardería afuera con él en brazos y supe que algo no estaba haciendo bien. Lloró durante la interminable hora de tráfico camino a casa, lloré con él. No una, varias veces. Recuerdo llegar a casa envuelta en una gama de emociones, estresada, triste, desconsolada, cansada y culpable, pero lo veía sonreírme con esa ternura e inocencia de quién nada reclama, tan feliz de verme, de reconocerme, que con total convicción que ese breve tiempo era el más dichoso de mis días, de mi vida entera.

Desde siempre quise ser mamá, no porque haya jugado con bebés de muñecos y carriolas, no, es algo que va mucho más allá.  Es un instinto natural, innato, profundo, libre, auténtico. Por encima de cualquier título, cualquier logro, cualquier puesto.  Eso que es único verdadero y certero que sabes que quieres ser, con lo que naces. Entonces pones en un extremo de la balanza la maternidad y en el otro la profesión, y lo único que sabes es que no debe estar inclinada completamente hacia ninguno de los dos extremos, porque esto implicaría sacrificar lo que seguramente no estás dispuesta. ¿dedicarme a cuidar de mi hijo?, ¿perder la independencia económica?, ¿trabajar medio tiempo? ,¿emprender para estar más tiempo con él?,¿renunciar a lo que he logrado? En medio de estas preguntas y siendo mamá primeriza, con el estrés rutinario de guardería, las visitas al pediatra, los permisos de trabajo por sus temas de salud,  las juntas importantes, el crecimiento profesional y las mismas dos horas diarias para disfrutarlo, notaba que el mameluco para dormir ya no le quedaba, balbuceaba sus primeras palabras, mostraba preferencias por ciertas comidas que no le había yo ofrecido por primera vez, sus patadas con más fuerzas en la tina mojaban todo el piso, estaba creciendo y yo me lo estaba perdiendo. Entonces, me embaracé de mi segundo hijo. Y estando por cumplir las 13 semanas, lo perdí. Un aborto espontáneo, algo “natural” que a veces pasa, parte de las estadísticas, decisión de la naturaleza, siguió un legrado, una depresión tremenda y un angelito en el que siempre pienso. ¡Vaya que me sentí aún más confundida y perdida!



Cuando me embaracé de la princesa, mi primer hijo ya tenía 3 años y me quedé un año en casa con el apoyo económico de su papá, disfruté mi embarazo, a mi pequeña y me sentí tremendamente bendecida. Esta vez buscamos una nana que me ayudara a cuidarla, las dos en casa viéndola crecer, riéndonos de cada travesura, dejando evidencia en video y miles de fotos de cada balbuceo, cada gesto y de la primera vez que se comió un aguacate como si fuera lo más delicioso que haya probado en su vida. Pude amamantarla hasta casi el año y la disfrutaba unas 20 horas del día, porque hasta cuando dormía no podía dejar de admirarla. Mucho soñé tener una hija. Pero entonces un día regresa esa sensación conocida de no sentirte completa, plena, realizada en otros aspectos, ese algo que te falta y tienes miedo a voltear a ver qué es. Pero lo sabes, una necesidad legítima de crecer y desarrollar el potencial profesional y el talento para lo que te has preparado durante tantos años. Los tacones, las relaciones, el empoderamiento, la satisfacción, la independencia. Al año de su nacimiento regresé a trabajar, más serena, segura y sin remordimiento. Ya no había guardería, el kínder era hasta mediodía tenía quién los cuidara como una extensión de mí. Esa conciliación entre actividad profesional y maternidad finalmente creí haberla logrado, pero continuaba pensando que la balanza no estaba debidamente equilibrada. Advertía que algo me seguía perdiendo.

Trabajé dos años, guardé algunos ahorros (que se esfumaron rápidamente) y emprendí. Mi mamá lo llamó “la crisis de los 40”.  Me dediqué a hacer consultorías en lo que era buena haciendo, bajo mis horarios y a mi conveniencia, le dí vida a un par de iniciativas propias que me apasionan y me garantizaban ingresos adicionales, trabajo la mayor parte del tiempo desde casa ¡y mucho! Busco ser lo más productiva posible el tiempo que los niños están en la escuela, alternando las horas en la computadora y las visitas con clientes y proveedores. La mayoría de los veces incluso, tengo la dicha de poder comer con mis hijos y sigo disfrutando verlos comer aguacate con el mismo entusiasmo de la primera vez. Aunque mi hijo mayor tiene ya 8 años lo bajo en brazos del transporte escolar, aunque me diga “mamá mis amigos me están viendo”, fijamos horarios para leer, hacer tareas y jugar. Los ayudo a ducharse, les hago su cena a diario, adelanto los lonches escolares y cuando los visto para dormir, ese pantalón que les va quedando corto ya no me da nostalgia cuando lo noto, me siento feliz por verlos crecer sanos, pero sobretodo porque ahora siento que no me lo estoy perdiendo.  Y el empoderamiento, la satisfacción y la independencia me llevan a pasar otras 4 horas en la computadora desde que se duermen, me atrevo a decir incluso que estoy más cansada, estresada y con varias cuentas por pagar. Sigo quizá sin conseguir el equilibrio perfecto de la balanza, está más inclinado hacia el tiempo que dedico a mis hijos, pero me percaté que justo así como está, es que me siento plena, feliz y completa.

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