El misterio del origen de la vocación en los niños

         
Por: Alejandro Martínez Gallardo

Nuestra sociedad mayormente secular ha perdido una noción de la vocación como un llamado misterioso (tanto en el sentido de lo desconocido como en de un contacto con lo sagrado).



En un mundo regido por un paradigma mecánico-materialista, no existe la vocación, existe la profesión, el trabajo y la incrustación en el orden de la sociedad. Es decir lo que rige en la selección de un modo de empleo de la energía y la imaginación individual es la economía. Los padres, los maestros y el mundo en general busca, en su concepción de lo que es bueno y valioso,  que los niños y los adolescentes sean felices y para ello trazan un camino de lo que consideran los llevará a esto. Esto no sólo es problemático cuando nuestra definición de la felicidad proviene de un paradigma materialista en el que el sentido común de nuestra sociedad supone que para ser felices y encontrar nuestra propio camino, arte y espiritualidad debemos de primero priorizar nuestra necesidades materiales. El problema principal, yace en la búsqueda misma de la felicidad como un principio fundamental al que debe supeditarse la vocación. Se nos olvida que la vocación va más allá de la felicidad; la felicidad es un accidente común cuando se encuentra una vocación. Más importante que la felicidad es sel sentido y el significado de la vida.

En la filosofía platónica, la vocación era la forma en la que el alma individual se manifestaba en una persona. Según el mito de Er, que relata Platón en La República, el niño nace con un  daimon, una especie de guardián del alma que lo guía pero también lo obliga –y si es necesario lo enferma– a cumplir su destino o su llamado, aquello por lo cual eligió nacer.  El padre puede pensar que lo más importante para su hijo es ser feliz, pero quizás con esta percepción, que es un instinto de protección, sofoca la individualidad del alma de su hijo. Es por esto existe la figura del mentor, y no sólo la del padre, como guía de la vocación de un joven. Los padres viven envueltos en sus propias fantasías que proyectan y con las cuales nutren a sus hijos; se ven a ellos mismos en su progenie. El mentor, en cambio, es capaz de ver al niño como nadie lo ha visto antes, ver lo que ya es, la imagen de su alma individual y por lo tanto cumple el papel de darle esta percepción como bendición, lo cual es el inicio de la autoconfianza, de poder imaginar lo que uno quiere ser (que en el fondo ya es).

Esta visión de la vocación como un llamado del alma a muchos hoy en día les puede parecer primitiva, un vestigio del pensamiento religioso o mágico que ha sido superada con la ciencia. Y es que la ciencia si no puede encontrar la ubicación exacta del alma debe de negar su existencia. Y sin embargo, nuestro mundo, el mundo multidimenisonal que experimentamos todos los días tiene una dimensión invisible: aquello que pensamos e imaginamos sobre el mundo.


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Ciertamente se trata de una visión conservadora, de un linaje que incluye a Platón, Rousseau o el educador Rudolf Steiner, pero justamente también de una visión llena de alma, a diferencia de la visión materialista. Este linaje de pensadores cree, según explica James Hillman, que “el alma necesita modelos para su mimesis de tal forma que recupere las verdades eternas y sus imágenes primordiales. Si en esta vida en la tierra no encuentra lo anterior como espejos del núcleo del alma, espejos en los que reconocer sus verdades, entonces su llama se apagara y el genio se marchitara”. Hillman va más allá y niega que exista una fórmula de estimulación para el alma –incluso con estas imágenes de lo eterno. Considera, sin embargo, que para poner en marcha las propias energías reveladoras del alma, es importante que los padres tengan una fantasía de los niños para que esta, al ser proyectada sobre los niños, cree el conflicto y la tensión necesaria para que el alma individual los obligue a tomar su propio curso. De otra forma, si no existe esta tensión, este querer que sean, se puede naufragar en la parsimonia de la falta de imaginación, se necesita que se encienda esta mecha de la imaginación. La fantasía parental obliga al niño a “encontrar otro tipo de fantasía… lo forza a reconocer que su corazón es diferente y está insatisfecho por la sombra que le proyecta la visión de mundo de su familia”.

Otro factor a tenerse en cuenta, es la importancia de que el niño entre en contacto con lo excéntrico, con lo raro e incluso con la locura. Esto es el típico tío que no se ha adaptado al flujo común de la sociedad o lo personajes s auténticos de gran carácter y extravagancia de la familia extendida que muestran otros mundos posibles y que suelen iniciar al niño en aspectos que la visión homogénea de sus padres no les puede mostrar. Por último, lo que Hillman llama “la cortesía a la obsesión” del niño.  

Jugar es el trabajo del niño y, especialmente en los juegos que imagina, está la semilla de su vida vocativa. Su fantasía debe de ser respetada como una profunda realidad en ciernes, haciéndose ahí cuando está solo o cuando juega fuera de nuestra mirada. Por eso, pide Hillman “La cortesía es necesaria. Toca antes de entrar”. 

Decir que la vocación es algo que ya traemos con nosotros desde antes de nacer, que es un “código del alma” y que cosas como los padres o el medio ambiente en el que crecemos sólo sirven, si acaso, para decodificar esa información que ya existe en nosotros –como en una bellota ya existe el árbol–puede parecer tomar una licencia de lo que convencionalmente aceptamos como real. Pero, ¿acaso no le brinda un mayor significado a la existencia y un mayor misterio a nuestra trama en este mundo?  Nos acerca más a esa pregunta fundamental: ¿para qué estamos aquí? Ante esto, la felicidad y el dinero son meras pequeñeces.

Twitter del autor: @alepholo