Educar sin gritar ¡Sí se puede!

Los gritos pueden parecer inofensivos y que solo sean producto de un momento de rabia que se esfuman en el aire, pero pueden afectar a nuestros hijos a nivel psicológico e influir su comportamiento.

Cuando gritamos a nuestros hijos les generamos, entre otras cosas, miedo, tristeza, rabia, baja autoestima e inseguridades, soledad, ansiedades, mal ejemplo, estrés, ira, agresividad, y muchos más. Los gritos suelen ir acompañados de amenazas, chantajes y descalificaciones. Son nada menos que la manifestación de la violencia, no física, pero sí psicológica. Las palabras y los gritos pueden llegar a ser tan o más dañinos que el maltrato físico.

Consecuencias de gritar a los niños

  • El constante empleo del grito puede conllevar al deterioro de la autoestima del niño. No se sentirá valorado o querido por sus padres o, por el contrario, puede convertirse en un rebelde, desafiando la autoridad constantemente.
  • Al ser los padres ejemplo para los hijos, una conducta agresiva será adoptada por el pequeño y se acostumbrará a gritar y tener dichos comportamientos violentos. Luego las empleará con los amigos, conocidos o incluso contra los padres.
  • Los gritos solo causarán estrés en el niño que no será beneficioso para su desarrollo.

Qué hacer para no utilizar gritos ni amenazas

  • Como adultos, tenemos que aprender a controlar la ira y poner el freno cuando perdemos el control y gritamos. Mantén la calma cuando se trata de dar una orden, pues tu niño escucha bien, por eso no debes alzar la voz ni mucho menos gritar. Habla tranquilamente con tu hijo.
  • Intenta generar respeto. Es probable que el niño obedezca cuando le levantas la voz o gritas. Sin embargo, esto desaparece cuando llega la adolescencia porque desaparece el miedo y, entonces, se pierde el respeto. Por ello, es necesario que tu pequeño sepa que eres una autoridad y debe obedecer cuando le ordenes algo tranquilamente.
  • Habla de manera positiva. En vez de decirle: “no te voy a dejar hacer esto”, debes hablar positivo: “eres un buen niño y sé que no te gustaría estar haciendo lo que haces”. Cambia el contexto de tus palabras.
  • Da una explicación válida. Muchos padres cometen el error de decirles a sus hijos: aquí mando yo. Esto no es un argumento, por lo cual es importante dar una buena razón clara y precisa para que tu hijo comprenda y repare lo que está haciendo.
  • Ponte en el lugar de tu hijo. No te olvides que los niños son niños adultos. Hay que intentar ver las cosas desde el punto de vista del pequeño.




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