Cómo abordar la enfermedad de una persona significativa con los niños.

Por Karina Donantueno

Arteterapeuta

 Los padres solemos creer que los niños no pueden entender determinadas situaciones de la vida y que no hablarles y ocultarles sucesos dolorosos es una forma de protegerlos.

Esto es, en principio, un autoengaño. Porque lo que no nos damos cuenta de forma consciente es que, en la mayoría de los casos, los que no somos capaces de afrontar y procesar las emociones y sensaciones que nos provocan esos sucesos tristes y dolorosos somos primeramente nosotros y, partiendo desde ahí, no sabemos cómo responder a las preguntas y demandas emocionales que puedan surgir de nuestros niños. Nadie nos enseñó a gestionar nuestras propias emociones.

 

Por otro lado, hay un aspecto importantísimo que no solemos tener en cuenta y es que nuestros hijos están fusionados emocionalmente con nosotros, los padres y, especialmente, con la figura maternante. Por lo tanto, todo lo que sentimos, vivimos, y casi todo lo que pensamos, ellos lo saben, lo sienten y lo viven como propio.

Es muy común que un bebé llore cuando es la madre la que no puede reconocer su tristeza y llorar. Suele suceder que un niño pequeño enferma cuando es su madre la que no puede expresar y aceptar su furia, su frustración o sus miedos. Ellos sienten milimétricamente cada emoción que recorre nuestro ser y son especialistas en sacar a la luz, mediante síntomas, esas emociones nuestras (y transgeneracionales también) que no pueden ser reconocidas o aceptadas y que son inconscientes hasta para nosotros mismos.

 

Por lo tanto, no nombrar lo que sucede o, peor aún, ocultarlo es muy desorganizador para la psiquis de un niño. Porque él sabe que algo sucede, percibe nuestras emociones, vibra el ambiente, pero nada le es explicado, nada le es nombrado y, de esta forma, lo que el niño ve no coincide con lo que el niño escucha. De esta manera su psiquismo se altera, se desordena y es algo muy perturbador para él.

 

Porque el niño nunca piensa que sus padres se están equivocando o que lo están haciendo mal. Tampoco tiene la capacidad intelectual de poner palabras a eso que intuye o percibe. Entonces, lo primero que el niño aprende es a desconfiar de sus percepciones, a creer que lo él siente y ve no es correcto, porque no es nombrado y, como no es nombrado, no es, no existe y es enviado a la sombra, reprimido y olvidado en nuestra consciencia.

 

Por esto es tan importante nombrar, poner palabras y organizar verbalmente para el niño lo que está sucediendo, ya que lejos de protegerlo, si no lo hacemos lo estamos desregulando.

¿Y cómo hago para nombrarle algo doloroso? ¿Cómo le digo que su papá está enfermo? ¿Cómo le hablo de la muerte de su abuelita sin ponerme a llorar? Así, simplemente nombrando lo que es, de la forma más sencilla, simple y honesta que podamos. Nombrar los hechos y nombrar lo que eso nos provoca a nosotros, ponerle palabras a eso que también pueden estar sintiendo ellos al respecto, llorar juntos por eso que sucede si es necesario. Si hacen más preguntas, ampliamos, sino solamente nombramos el hecho en sí mismo. Cada niño pregunta hasta donde es capaz de entender y procesar. Podemos ayudarnos con libros que hablen del tema en cuestión, podemos usar títeres para hablar de eso y que ellos lo puedan poner en el juego simbólico y procesarlo. Podemos proponerles hacer un dibujo donde expresen lo que sienten o que dibujen sus deseos de recuperación de la persona enferma. Podemos jugar juntos al doctor y que él nos cure. Podemos escribir juntos una carta para la persona enferma que tanto queremos. Hay infinidad de posibilidades que ayudan a transitar el dolor y darle cauce, eso sí, lo que no podemos evitar es que lo sientan.

 

Mostrarles como expresamos y gestionamos nuestras emociones les ayudará a ellos a expresarse y autogestionarse desde pequeños hacia la edad adulta. Nombrarles la verdad de lo que sucede les organiza la psiquis y les hace entender, porque eso que ven coincide con lo que se dice. Les quita el sentimiento de culpabilidad que suelen sentir los niños frente al malestar de sus padres. Les ayuda a confiar en sus percepciones, a ver que son correctas, y eso eleva su autoestima.

Es cierto, no vamos a poder impedir que sientan, pero es que de todos modos ya lo sienten a través de la fusión emocional que tienen con nosotros. Pero si no lo nombramos, no lo organizan en su consciencia y tampoco les enseñamos a gestionar sus emociones. Nombrarles la verdad es vital para que puedan estructurarse internamente. No hay nada que perder, es todo ganancia emocional.