Mi primer año como madre: un viaje iniciático. 

Hace justamente un año, en este mismo cuarto, estaba gritando del dolor, el dolor mas fuerte que jamás haya vivido: el dolor del parto. Un dolor que abrió mi ser a una nueva dimensión, un dolor que me hizo comprender la extensión de la palabra MUJER, un dolor que me hizo cambiar la forma en la que veía a mi madre y a todas las mujeres de este planeta.

Viví la experiencia mas cercana a la muerte, y no se si más bien fue una experiencia de muerte la que hizo que pudiera dar vida. Yo creo que si lo fue. Una muerte total de mi ego, de mis límites, de quien yo era, de mi egoísmo, de mi vanidad, de mi pudor. El parto me hizo consciente aún más de cómo no tenemos el control de la vida, aunque a veces hagamos todo para pretender tenerlo. Aún recuerdo la voz de mi partera cuando yo gritaba ¡Esto duele demasiado, ¡¿qué hago?!, y ella me contestaba… “NADA. No puedes hacer NADA. Solo acompañar el proceso de tu hijo que esta haciendo un gran trabajo para salir de ahí, suelta el control y permite que suceda…”, Que palabras… grandes palabras. Yo llevaba “predicándolas” tanto tiempo, y ahora parecían tan lejanas a mi. 



Esto me ha llevado a una gran reflexión a lo largo de este primer año: ¿Controlar o acompañar?. Me he dado cuenta de que aquella lección hace eco cada día de mi vida como madre. Lo único que yo puedo hacer es SER, ser el ser conectado, amoroso y completo que yo soy, y acompañar a mi hijo (quién en realidad no es mío, sino de la vida) a descubrir el mundo, un mundo en el que valga la pena vivir. Crear realidades en mi vida que puedan servir de inspiración para mi hijo es lo que me mueve. Mostrarle con el ejemplo que este es un lugar seguro, enseñarle que si ama, siempre recibirá amor de regreso. Mi reto: saber poner límites desde el amor y no desde el control. 

Esperando en este momento que se despierte Michel para darle pecho, apenas recuerdo las lágrimas de sangre que los primeros tres meses de lactancia implicaron. Ahora, como es el curso natural de las cosas, el come y disfruta la comida y cada vez menos busca el pecho (y ahora soy yo la que ya no quiere separarse de él), conforme él se va sintiendo seguro en su ambiente puede dar pasos lejos de mi, sabiendo que siempre estoy ahí. En fin, este año ha estado lleno de retos, que mas allá de ser distintos, yo los agruparía en una sola palabra: ENTREGA. 

Con el parto ENTREGARME al dolor, entregarme al proceso y a los tiempos de mi bebé. 

Con la lactancia ENTREGAR mi cuerpo, mi tiempo, mi constancia y mi egoísmo. 

Con mi pareja ENTREGARME a la intimidad de ser vista tal y como soy. 

Entregarme a ser madre, entregarme a la vida, entregar la mujer que yo era, entregar mi “libertad”… al menos eso era lo que pensaba. Ahora me doy cuenta que no hay nada mas liberador que entregarse… entregarse en cuerpo y alma, entregarnos al amor es el primer paso de la verdadera liberación, la entrega es la iniciación que nos lleva a abrir las alas, a abrir el corazón a una nueva dimensión. 

Hoy solo quiero agradecer, una y otra vez por esta experiencia tan maravillosa con todo y las lágrimas que lloré. Un parto en casa me enseñó que las mujeres no tenemos límites mas que los que creemos tener, haber logrado un año de lactancia me ha mostrado que la entrega apremia, después del dolor mas grande y de ser un sacrificio (que duró 3 meses), dar pecho se convirtió en la experiencia mas extática que jamás haya vivido (yo lo recomiendo ampliamente el año que lo he hecho, la OMS recomienda 2 años). Mi relación de pareja se volvió mas fuerte y hermosa que nunca, mi carrera profesional despegó como nunca antes (aunque hubiera creído lo contrario). Me siento plena, realizada, aquellos fuegos artificiales que esperaba en el momento que mi bebé nació (y no llegaron, jajaja) llegan hoy, un año después. Me felicito y felicito a TODAS las mujeres que se han atrevido a ser madres. Benditas, benditas sean. Recuerden: en la entrega está la liberación y en el amor la salvación. Siempre. 

Las amo y las honro

Paola Beléndez

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