Por qué tus hijos deben ayudar en las tareas domésticas

 

Cada familia inculca sus propios usos y costumbres, los cuales acompañan a sus miembros a lo largo de sus vidas. Un ejemplo de esta práctica diaria es el de las responsabilidades en casa por cada componente de este sistema familiar: ¿cuántas veces no nos hemos encontrado personas –principalmente hombres– que no están acostumbrados a llevar sus vasos o platos a la cocina, y que, en su lugar, son las mujeres de ese hogar quienes se encargan de hacerlo; adultxs que no saben cómo usar un electrodoméstico como la lavadora; niñxs que tienen actitudes en las que exigen a sus padres –o sus cuidadores– caprichos sin decir “por favor” o “gracias” ni contar con cierta tolerancia a la frustración?



Las comodidades, como el acceso a la ayuda de empleadas domésticas y nanas, han inducido a una especie de ensimismamiento de los hijos. Después de la escuela, los niños sólo se enfocan en hacer su tarea y, después, en jugar o realizar sus actividades favoritas. ¿No parece muy común la imagen que, al llegar a casa, tiran la mochila en donde sea, comen, dejan los platos en la mesa y se dirigen a jugar o a ver la televisión o usar su teléfono?

Creemos que la única responsabilidad de nuestros hijos es la escuela, y en caso que les pidamos apoyo en casa podría considerarse como esfuerzo sobrenatural (y antinatural) para ellos. No obstante las obligaciones de la vida diaria, como arreglar el cuarto, hacer la cama, levantar la ropa, apoyar en la cocina y otras responsabilidades hogareñas, son sólo parte de la rutina de la madre… ¿En verdad?

Una madre desarrolla toda una serie de responsabilidades en relación con su propio bienestar y el de sus hijos; sin embargo, la extensión de estas actividades la pueden llegar a convertir en empleada, esclava, limpiadora y ordenadora profesional –incluyendo de la pareja. Ahora, ¿qué puede suceder si permitimos que tanto la pareja como los hijos se comprometan con las responsabilidades del hogar?

Primero, se aprende a darle un significado simbólico a lo que hay y se vive dentro del hogar; y por tanto, de la responsabilidad que implica convivir con otros seres humanos. Estas actividades permiten desarrollar su autonomía y proactividad, lo cual se verá reflejado no sólo en la escuela, también en su futuro trabajo.

Segundo, evitarás sentir resentimientos hacia tanto tu pareja como tus hijos. Al no llevar una relación equitativa –a no responsabilizarse–, se vuelve una relación vampírica donde los demás succionan energía –nuestra– sin dar nada a cambio. En el fondo, se siente que se hace y se da sin sentir el mínimo de agradecimiento. Esto, en caso que sea crónico, provocará que los hijos vean a sus mayores como un “tapete” al cual hay que exigirle –como si fuera una obligación. Por tanto, cuando les pides algo, no harán caso…

Por tanto la capacidad de inculcar ese hábito permite que los niños desarrollen herramientas para su autonomía e inclusive su autoestima pues les brinda un sentimiento de logro y orgullo cuando ven que pueden hacer las cosas. Basta con brindarles el ejemplo de cómo hacer las cosas para que reciban una guía y comiencen a participar con cosas sencillas.