Conoce la lección de vida que esta hija le dio a su madre

Cuando somos pequeños, es difícil traer a consciencia que existe una diferencia entre lo que uno experimenta y lo que realmente está sucediendo en el medio ambiente. Es en edad en la que apenas se descubre lo que se siente el amor, la decepción, el terror, la angustia, el abandono, la alegría; por lo que nuestras experiencias se enfocan en la sensación misma. Se siente demasiado, y no somos capaces de identificar lo que la otra persona también está experimentando ni en lo que está transformando a lo largo de su proceso; lo cual puede causar asociaciones negativas acerca de los sentimientos que tienen los demás hacia uno.

Por ejemplo, crecer sin un padre (pues éste no cumplió sus responsabilidades dentro de la familia) puede no sólo crear sentimientos de abandono y rechazo, también asociaciones inconscientes que nos convertirán en recurrentes víctimas de abandono y rechazo de los demás. No obstante, si aprendemos a desenterrar y analizar estas creencias inconscientes, quizá podremos encuadrarlas hacia nuestro propio bienestar: ¿realmente esa persona actuó de esa manera para lastimarme?, ¿comprendo verdaderamente que él o ella hizo lo mejor que pudo, dentro de sus propios límites y habilidades, para formar parte de mi proceso?, ¿merezco ese trato de los demás a partir del dolor de otra persona que no tenía los recursos para cuidarse ni cuidarme?

Son cuestiones complejas que, si nos esmeramos, pueden sorprendernos por la ligereza de nuestro bienestar. Podríamos decir que, una vez comprendido la humanidad de ese otro, podemos liberarnos de premisas dolorosas que influencian en nuestro día a día. El ejemplo de este tipo de trabajo terapéutico es el de esta mujer, cuya hija le dio una gran lección de vida:

Mi hija no ha visto a su padre desde que tenía cuatro años. Ahora tiene once. Cuando ella tenía 2, él me contactó y preguntó si yo podría autorizarlo a terminar con sus derechos como padre para que pudiera dejar de pagar la manutención, y yo acepté. Quería evitarle el dolor de un padre ausente y el sacrificio de su aporte financiero valía la pena, para que no la volviera a decepcionar nunca más. Nunca le mentí a ella sobre su padre. Siempre he contestado a sus preguntas de la forma más apropiada para su edad.

Cuando tenía cuatro años él me contactó y me dijo que le habían diagnosticado cáncer y que quería verla. Planeamos un día y nos encontramos en un parque. Me pidió dos horas. Estuvo 20 minutos y nunca más supimos de él. En el verano nos topamos con alguien que lo conocía y me comentaron cómo mi hija se parecía a los otros hijos de él. Me contaron que se había establecido  y que tenía una familia ahora. Se me hizo un nudo en el estómago pensando en lo doloroso que sería para mi hija. Corté la conversación y nos fuimos al coche, y cuando nos íbamos a ir la vi sonriendo. Me dijo: “Mamá… Él descubrió como ser un padre. Eso es una cosa muy linda. Estoy feliz por sus hijos”. Y ese fue el día que una niña de 11 años me enseñó todo lo que necesito saber acerca del perdón.

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Redacción

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