Una dieta libre de estos tres tóxicos que inducen a la “diabesidad”

Quizá uno de los espejos que reflejan más fielmente la autoestima de una persona es el del hábito alimenticio. En él se puede observar la calidad del autocuidado y autorespeto que una persona puede brindarle a su propio cuerpo: ¿cuán seguido alimenta a su cuerpo según sus propias necesidades?, ¿qué tipo de alimento es el que permite que ingrese a su cuerpo?, ¿qué tan seguido consume alimentos chatarra y alimentos saludables?, etcétera

Desgraciadamente, a veces esta norma de la población tiende a presentar estilos de vida enfocados en la sobreproducción laboral a expensas de la salud en general. Es decir que, ante la necesidad de “urgencia” para entregar un trabajo escolar o laboral, dejamos de prestar atención a qué tipo de alimentos puede beneficiar más a nuestro cuerpo… Consumimos comida rápida llena de toxinas que son capaces de generar enfermedades graves en un periodo de largo plazo.



Una de las principales consecuencias de estos alimentos ricos en toxinas es la “diabesidad”, la fusión de la diabetes y la obesidad donde el exceso de fructosa, cereales en grano y de aceites de semilla, así como de la predisposición genética a dichas enfermedades pueden convertirse en el peor enemigo de la salud.

Para entender la “diabesidad” es importante tomar en cuenta que se trata de un trastorno autoinmune caracterizado por mecanismos como la inflamación e intestinos perezosos. Estos síntomas se desencadenan por toxinas (como la harina refinada, aceites de soya o maíz, fructosa, etcétera) que afectan al tejido durante su introducción al cuerpo. A pesar de que la palabra “toxina” puede venir acompañada de una imagen de campos de cultivos, pesticidas, contaminantes industriales y metales pesados, sin embargo existen algunas toxinas en nuestros alimentos que aumentan el riesgo de contraer diabetes y obesidad.

Los granos de cereal, tales como la avena, el arroz, el maíz, el trigo, la cebada, el centeno y el mijo , se han convertido en los cultivos que han entrado a la dieta moderna del humano bajo la premisa que son bajos en grasa según la American Heart Association (AHA). Pero la realidad es que este tipo de productos son plantas que, al igual que nosotros, buscan la supervivencia, provocando su evolución con otros mecanismos de defensa. Algunos de estos mecanismos son la producción de toxinas que afecta la membrana del estómago, aprisionan y deshiniben los minerales esenciales y por tanto los nutrientes. La enfermedad más común derivada de estos mecanismos es la intolerancia al gluten o la enfermedad celiática.

Los aceites industriales, también conocidos como el aceite de maíz, de soya, de cártamo o de girasol, no formaban parte de la dieta del humano hasta que la AHA empezó su promoción como alternativa de la grasa saturada. El verdadero problema de esta “alternativa” es el consumo excesivo que ha desencadenado la epidemia de obesidad actual. De acuerdo con un estudio que mostró que una dieta con omega-6:3 radio de 28 (es decir que 28 veces de la grasa omega-6 que omega-3) causa obesidad progresivamente tanto en tu cuerpo como en generaciones futuras, así como inflamación, resistencia a la insulina y a una predisposición a la diabetes.  Finalmente, los aceites industriales interfieren con el funcionamiento óptimo de la tiroides al bloquear a los receptores de la hormona tiroidal, provocando que haya una mayor masa de grasa y menos metabolismo eficiente.

El azúcar blanca está compuesta de glucosa y fructosa, los cuales son dos elementos completamente distintos. Mientras que el primero es un nutrientes importante para la salud corporal, el segundo es un elemento que es rápidamente absorbido por la sangre, que va directamente al hígado y se convierte en grasa. La fructosa se encuentra principalmente en endulzaste como el azúcar y jarabe de maíz. Su exceso puede causar una condición llamada enfermedad del hígado graso no alcohólico, el cual se relaciona directamente con la diabetes, la obesidad, baja tolerancia a la glucosa, alta presión sanguínea así como altos niveles de triglicéridos y colesterol.

Una dieta libre de estas toxinas probablemente prevendrá enfermedades en un periodo a largo plazo. Sin embargo, la decisión queda en unx y en el deseo de encontrar mejores opciones para el funcionamiento adecuado y sano de nuestro ser.

Fotografía principal: Rappler