El origen del enamoramiento y la biología de un beso

La imagen que probablemente nos venga a la mente de un beso, es aquella donde la pasión transformó a la vida en sutileza, placer, euforia y placer; aquella que libera al cuerpo y al espíritu de la tristeza y la pesadez. Algo así como:

Este golpe de ternura y deseo que recorre el cuerpo es la base de la química del romance, del torbellino de neurotransmisores y del embone del ADN.  Es decir, el intercambio de 80 millones de bacterias durante un beso apasionado de 10 segundos; en el cual se revela una serie de datos asociados al amor, la seguridad y la confianza introyectada de nuestra infancia.



Nuestras primeras experiencias de amor y seguridad se asocian con la presión y estimulación de los labios a través del amamantamiento y los primeros alimentos. Por lo que, esta asociación de esta zona erógena y las emociones positivas, fomentará un patrón de afecto y placer.

Por lo que besar activa gran parte del cerebro asociada con la información sensitiva, ya que liberan un torbellino de neurotransmisores y hormonas que influyen en nuestro pensar y sentir. Por consiguiente, un beso puede ser el preámbulo de una nueva relación interpersonal de pareja, donde la forma del ADN define la proximidad de esa persona especial (que escogimos genética o inconscientemente). Esto sucede gracias a la liberación de la oxitocina, la adrenalina y la endorfina; las encargadas de generar sensaciones de alegría, apego, euforia, deseo, entre otros.

Un beso es, en sí, la expresión de la evolución y de la felicidad. Es el significado de nuestros deseos hacia la trascendencia de nuestro propio bienestar (aún si falta mucho por aprender).

Fotografía principal: One Day