Sobre la creatividad innata de los niños y cómo la reprimimos

Nuestra cultura tiene la noción de que el niño, en su curiosidad y en su asombro ante el mundo, tiene una fuerza creativa natural. La labor del padre o del educador es dejar que esa creatividad florezca y que encuentre su cauce particular. Sin embargo, al preocuparnos por estimular a los niños y al poner en práctica la idea de que debemos de tratarlos –de darles terapia– para que puedan crecer y catalizar sus aptitudes comúnmente reprimimos este instinto.

Freud  fue capaz de ver en el niño la capacidad de deleitarse con todas las cosas, una alegría sensual que se manifiesta “como una libido sexual polimórfica”. En cierta forma el niño quiere y es capaz de unirse (de copular con todo) y experimentar  las cosas como si fueran parte de él. El niño entra al mundo con un rebosante principio de placer y con una aura de potencia angelical, seguido de “nubes de gloria”, en palabras de William Wordsworth. Esto es un entendimiento simbólico de que el niño está más cerca del mundo numinoso de la imaginación y mantiene esa conexión con la fuente. El psicólogo James Hillman, el gran heredero de Carl Jung, nos recuerda que no es hasta este siglo en el que se difunde la idea de la niñez como algo que debemos de corregir y a lo que debemos de dedicar nuestra preocupación.  Hoy en día en todas partes se considera que los niños necesitan ayuda y se proyecta en ellos la idea de que, en su fragilidad, están en constante peligro de ser acechados por la patología –algo que controlará su destino (un determinismo infantil freudiano). La infancia se convierte en destino –en un destino cargado por las sombras de los padres y terapeutas que proyectan “el cuento de hadas” de un psicología basada en la “culpa” y no en el “honor”–; los padres  y los adultos son lo pesado, el pasado que se acumula sobre la ligereza natural de los niños.

Mientras tanto rápidamente insertamos a los niños en un esquema educativo que busca salvaguardarlos del caos de la imaginación y del juego sin rumbo. Queremos inmediatamente darles estructura, quizás porque nos hacen enfrentarnos con lo volátil que hemos reprimido nosotros mismos y queremos mantener en la engañosa comodidad de lo inconsciente (“la psicología asume que el reprimido [el niño] es menos desarrollado que el represor”, dice Hillman). Esa estructura –la escuela misma– significa normalizarlos (los estudiantes incluso son llamados “normalistas”) y enseñarles lo que es “real” (lo que decimos arbitrariamente que es real) y por lo tanto alejarlos de lo que es imaginario, todo aquello que no es sólo una cosa, que puede ser muchas a la vez y por lo tanto nos coloca en el pánico de la ambigüedad. Al someterlos a lo real, los despojamos de la fuente misma de su poder –las alas mismas de Eros, el niño mágico–, la imaginación. Su misma creatividad rampante –el niño creativo es equivalente al pene y el niño rechazado al excremento en términos de Freud– nos escandaliza y necesitamos castrarla simbólicamente para mantener el orden establecido.

El niño siempre nos enfrenta con la posibilidad gemela del “terror y la alegría”, con “los extremos en las fronteras de la curva de la normalidad”. Al entrar al mundo está abierto a una “intensidad emocional más allá de lo que estamos acostumbrados”; esto nos confronta con algo que está casi extinto en nuestra alma adulta –esa emotividad primigenia. Las personas que lidian con los niños y que imponen sus visiones de mundo suelen no tener la misma apertura del niño a la posibilidad extraordinaria de la alegría o del terror y sin embargo consideran que  son superiores. Así, nos dice Hillman, llevamos al niño al “cobijo normalizante de una curva de Bell, nada en los extremos”.  Pero el niño acaso se beneficia de la sincronía de sus impulsos –más que la sobriedad paternal, la alegría salvaje y el asombro genuino ante la belleza del mundo. Joseph Chilton Pearce en su libro “Magical Child” escribe que el niño ya está dotado con todo lo que necesita y el mundo entero es su patio de juego.

En la psicología arquetipal de James Hillman el niño es aquello de la memoria que nos liga con el inconsciente de una manera espontánea. Esto es algo que nos sucede de manera marcada en nuestros primeros años de vida, pero también parte de la constelación personalidades que nos acompañan en la vida –es una faceta más o menos presente siempre en nuestra psique. Hillman escribe que detrás de nuestro culto a la niñez yace un homenaje a la imaginación y al poder creativo de la imaginación… llamada “por su verdadero nombre la niñez es el reino de la reminiscencia arquetípica”.

La psicología profunda de Hillman nunca ofrece una receta o una interpretación única, llama a la experiencia de lo profundo, al autoconocimiento y a la exploración de la imaginación. Pero podemos desprender de ella que en este caso para no reprimir la creatividad de los niños resulta apropiado simplemente acompañarlos más que trazarles un camino definido.  Sócrates imaginaba que la filosofía educativa debía de servir como una partera de la psique, “guiando al niño al mundo para que no pierda los remanentes de su memoria mítica”.  Mantener  la espontaneidad propia de la niñez que evoca imágenes de lo divino-natural, algo que es la tarea de toda la vida, puesto que el niño como arquetipo es parte de la constelación de nuestra psique, una personalidad más en la constelación plural que es nuestra mente, y la cual debe unirse para completar la alquimia con “el Viejo”, el Senex: la unión de lo semejante.

Fuente Blue Fire, James Hillman 232-237

Twitter del autor: @alepholo

Redacción

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