¿Qué tanto limitamos los sueños de nuestros hijos?

Hombres y mujeres son la réplica de sus antepasados cuando se enfrentan a dificultades, escogen alguna profesión o deciden vivir con una pareja en específico. Gracias a ese nido que nos ayudó a construir nuestras premisas acerca del mundo, pudimos entablar nuestra capacidad de resistir ante los obstáculos sociales, cognitivos, emocionales o profesionales.

Hay ocasiones en que repetimos estos patrones porque nos parecen ordinarios o normales (dentro de la norma poblacional) o sencillamente porque no conocemos otros modos de actuar; como por ejemplo, la diferencia de los colores si el bebé es niña o niño. En otras ocasiones, decidimos cambiar estos esquemas por unos más congruentes (o saludables) para nuestro bienestar y el de nuestros seres queridos, como la eliminación de la violencia física dentro del hogar.



No obstante aún existen ciertas diferencias que, sin darnos cuenta, seguimos ejerciendo dentro de nuestro entorno familiar.  Como por ejemplo, este tipo de expresiones que quizá usamos a diario: “no llores, eso es de niñas”, “no juegues pesado, eres una dama”, “tú eres hombre, juega con la pelota”, “calladita te ves más bonita”, “pon la mesa y llama a tu hermano y a tu papá”, “pídele a tu hermano que te ayude a utilizar el taladro”, entre otras.

 

Por ello es importante traer a consciencia estas premisas que, sin darnos cuenta, repetimos dentro del seno de nuestra familia. Necesitamos recordar que es a través de la igualdad de emociones y oportunidades podemos desarrollar un ser resiliente, empoderante, admirable; escuchar lo que realmente están sintiendo y pensando; apoyarlos en situaciones que los empoderará como seres humanos. Sólo “lo que se hace por amor se hace siempre más allá del bien y del mal.” F. Nietzsche. 

Fotografía principal: strawberry mohawk