Un ejemplo a seguir: Thomas Hardy, un victoriano que defendía la verdadera virtud de las mujeres

El brillante autor de Jude el Oscuro, se mostró como una mente fuera de lo común durante la época victoriana al escribir en varios de sus textos, personajes femeninos que no se conformaban a los estereotipos establecidos por la sociedad, estereotipos que aún en nuestros días se podrían considerar vigentes. Un ejemplo de esto es el debate que gira entorno a la virginidad femenina; un aspecto físico al que desde hace siglos se le atribuye un valor moral, social y hasta económico, especialmente dentro de sociedades religiosas.

Hardy negaba esto rotunda y explícitamente, cómo expresa en su poema “La doncella arruinada”. El poema explora de manera satírica la vida de dos jóvenes de campo que se encuentran azarosamente en la ciudad. Amelia ha mejorado su condición y viste ropa fina, mientras que la amiga celosa y menos atractiva le dice que le gustaría gozar de los mismos privilegios. Amelia, orgullosamente le dice “Acaso no sabías que me habían arruinado”, refiriéndose explícitamente a la pérdida de su virginidad. El punto que Hardy hace con el poema es que como mujer una no pierde la moralidad al perder la virginidad, en vez, al hacerlo la sociedad decide el precio que debemos pagar por ella, en una sociedad de comodidades el “valor” de cada mujer lo define la comunidad.



Siguiendo por el mismo hilo de pensamiento, en  Tess de los D’Urbervilles, el escritor explora el caso de una joven que al enamorarse es engañada o violada (no queda claro) y como resultado queda embarazada y su amado la abandona al saber que esta fue arruinada. Hardy describe a la joven como “pura” a pesar de estar soltera y embarazada, así retando los estrictos valores victorianos que establecían que la virtud femenina yacía de alguna manera en la virginidad —de manera práctica, la virtud era sinónimo de un himen intacto, mientras que la voluntad parecía estar completamente desconectada del asunto.

La lección que Hardy nos enseña entonces es que la virtud de una mujer, o un hombre en todo caso, no se encuentra en la anatomía, pero en el espíritu, en nuestros deseos, pensamientos, acciones y nuestra voluntad y que por lo tanto una sola acción no nos “arruina”, somos la suma de nuestros actos no de algunos de ellos. El ejemplo de Tess sigue siendo vigente porque expone que un sólo acto no define a una persona y mucho menos si este fue en contra de su voluntad. Hardy también busca poner en evidencia las fallas de una sociedad hipócrita, que por un lado predica la santidad del matrimonio, de la pureza femenina, de la virtud espiritual y que sintetiza todo en la anatomía física de una mujer.

La pureza de Tess, de toda mujer y de todo hombre, no yace entre nuestras piernas, si no en los actos que llevamos a cabo día a día y en su práctica constante. Pensemos en eso cada vez que sintamos el impulso de juzgar la pureza moral de alguien, más si es por seguir ciegamente una doctrina que no aplicamos estrictamente en todos los aspectos de nuestra propia vida, y ¿por qué no? considerar si juzgaríamos a la persona de la misma manera si fuera del sexo opuesto. Al final, como una buena heroína de novela victoriana, Tess termina con su enamorado que logra entender que su virtud yace en el espíritu y no en su cuerpo. 

[The Atlantic]