Si la definición de las “enfermedades mentales” cambia con el tiempo, ¿qué tanto confiar en la psiquiatría?

La Asociación Psiquiátrica Americana se encarga de editar Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders en el que se registran las patologías psicológicas. En 1880 en el mismo manual, se incluyó como desorden la histeria, que claramente existe en la población y puede ser distinguible pero no se sabía con certeza por qué ocurría. Después de más de un siglo no se han encontrado explicaciones claras.

El DMS determina por cuáles desórdenes mentales debe indemnizar el seguro, por cuáles representan problemas legales y cuáles requieren ser discutidas. El director del National Institute of Mental Health recientemente declaró que su organización no tomaría en cuenta el DSM como una guía de investigación porque  “su debilidad es la falta de validez. A diferencia de nuestras definiciones de enfermedad de corazón isquémico, linfoma o SIDA, los diagnósticos del DSM tienen base en consensos y no en análisis objetivos de laboratorio”. Insel  convoca a que se haga un sistema de clasificación con base en genes, imágenes cerebrales y ciencia cognitiva.

El problema es que la ciencia no ha alcanzado la sofisticación necesaria para entender los trastornos mentales y que éstos no pueden deslindarse de ciertas condiciones sociales y culturales. De hecho, que el DSM carezca de fundamentos científicos, no es su única deficiencia sino que no considera la relación entre las enfermedades mentales y sus motivos sociales.  

La psiquiatría tiende a no aprender de su pasado. Cada nueva generación psiquiátrica pierde e entusiasmo por teorías. En la historia de las enfermedades mentales las teorías y clasificaciones moldean los síntomas de los pacientes. “Así como los doctores tienen ideas acerca de lo que constituye el cambio de las enfermedades, los síntomas que presenten los pacientes cambiarán también.”

En 1994 el DSM lanzó varios nuevos diagnósticos que se volvieron muy populares entre los médicos y el público: bipolaridad II, desorden de hiperactividad y déficit de atención, fobia social, etc., pero el número de gente que recibió un diagnóstico de estas patologías no aumentó entre 1994 y 2005. De hecho, el psicólogo Gary Greenberg, autor de The Book of Woe, recientemente indicó que la prevalecencia del diagnósticos de salud mental disminuyó ligeramente.

Lo que parece cambiar es cómo las patologías se categorizan con el paso del tiempo, dependiendo del momento cultural. Aquellos que tenían ansiedad, en los 70 hubieran aceptado la etiqueta de “depresión” que se generalizó más en los 80 y 90, y muchos en el mismo grupo, hoy podrían asumirse con desorden de ansiedad social.

El punto no es embarrar de condiciones culturales al estudio de las enfermedades mentales, sino entender cómo el inconsciente toma algunas condiciones del entorno social. Este conocimiento no eliminará las patologías psicológicas pero sí mantendrá conscientes a los psiquiatras de que no pueden saltar de un diagnóstico de moda a otro.

[Alternet]