Crianza, Educación, Experiencias, Familia, Ser Padres

SEMBRANDO AMOR

  • Hermoso y delicado artículo que trasciende la mente y la intelectualidad del momento…

    Palabras que nos devuelven al corazón y los 5 sentidos…

    Que nos regresan a la frescura y la esencia de la educación… Que nos muestran a través del campesino el Camino de la fe que como padres, maestros debemos contemplar.

Un artículo recopilado por Esther Fasja

 

Sigamos plantando semillas de amor, de sueños… Tengamos la paciencia y hagamos ese trabajo con la fe del campesino…

Simplemente sembrar y sembrar…

Cuidar y esperar…

Si educar es bello en gran parte es por esto: porque es misión de soñadores, que a su vez cuidan, protegen, hacen crecer sueños de otros: de los hijos, de los alumnos.

“Hay que seguir soñando y sembrando empecinadamente, como lo hace el sembrador, “en esperanza de que el mañana multiplique lo que hoy desparrama, sin saber lo que decidirán las lluvias, las heladas, los calores”… Sabe sí que tiene que sembrar. No es un ingenuo, sabe también de la ingratitud de esa tierra, sabe que parte de lo sembrado se va a perder. Sabe que hay zonas que parecen buena tierra pero abajo tienen piedra, sabe que va a tener que llorar por plantas que cuando sólo les faltaba fructificar murieron asfixiadas. Y sin embargo, no mezquina en la siembra, porque ¿Quién que ame realmente no está dispuesto a perder mucho por lo que ama?

Durante años, aquel hombre ha repetido este gesto de esparcir todas las semillas, de arriesgar todo en la siembra, de volver a la casa con la bolsa y las manos vacías, y el corazón lleno de ilusiones de que Dios bendiga este año con buenas lluvias. De su parte lo dio todo: aró la tierra y la sembró. Ahora las cosas están en manos de Dios, tendrá que esperar ¿Quién que ame realmente no está dispuesto a esperar mucho?… dentro de algunos meses contemplará entre risas y festejos de familia el campo lleno de frutos, y se lanzará a la cosecha con todos los suyos y algunos más que vengan a darle una mano de los campos vecino, o quizá se secará a escondidas las lágrimas, simulará una sonrisa a los suyos y les dirá: ‘Y bueno… Dios quiera que el año que viene nos sea propicio’.

Y volverá a salir, a abrir los surcos, y a sembrar la tierra, con la misma generosidad empecinada. Y volverá en ese gesto, una vez más a morir, para empezar a resucitar en esperanza.

Es la suerte de todo sembrador: de los padres para los hijos, del maestro para los alumnos, de quien trabaja en las fronteras sociales buscando una vida digna para su pueblo. De la mamá que todos los días vuelve a comenzar el trabajo de la casa. De la enfermera que cambia por enésima vez a su paciente para tener que volver a hacerlo quizás en un ratito más. Es la suerte de todos aquellos que quieren a pesar de sus límites y debilidades, que la Palabra pase por sus palabras y el Amor por sus gestos.

“Sólo el hombre en quien el invierno no ha asesinado la esperanza, es un hombre con capacidad de sembrar” dice bellamente Menapac e… tenemos que comprometer nuestras manos en la siembra del amor. Que la madrugada nos encuentre sembrando… con cariño, con verdad, con desinterés, jugándonos limpiamente por la luz en la penumbra del amanecer. Trabajo simple que nadie verá y que no será noticia. Porque la única noticia auténtica de la siembra la da sólo la tierra y la historia… Que la mañana nos pille sembrando”.

Y sepan “los que se dedican a sembrar las infancias de sus hijos y alumnos de gestos de amor, que antes o después, cuando pase el tiempo de las palabras, cuando el viento se lleve las ideologías que alguien prendió con alfileres en nuestro corazón, lo que quedará en el recuerdo serán aquellos gestos, el cariño en el modo de enseñar, la ternura que hubo durante una enfermedad o dolor de familia, el amor silencioso de las horas oscuras…”, como dice José Luis Martín Descalzo.

Es bello porque es algo muy parecido a lo que Dios hace con nosotros en esa imagen bíblica tan linda del Alfarero, que mete mano en el barro de nuestro corazón y de a poquito, le va dando forma. Y de pronto, es como si dijera al papá o al maestro: Reemplazame un ratito, seguí un poco vos. Y entonces uno también mete manos y le ayuda a Dios, no por capricho nuestro, sino suyo.

Es bello pensar que el día que los hijos y los alumnos le entreguen el alma a Dios, ella tendrá, como dice el poeta, un poquito del olor a las manos de Dios y también otro poquito del olor a nuestras manos.

Educar es un arte gozoso. No un trabajo forzado. No un fin de lucro. Es ayudar en la creación armoniosa y feliz de una persona, y cuando se vive así, la satisfacción de los padres y de los maestros es la misma que la del artista frente a su obra de arte. Por lo tanto, es algo que no tolera recetas o fórmulas pétreas, sino que exige originalidad, gozo, respeto de la individualidad y originalidad del alumno o del hijo.

Volvemos la mirada a ese papá, mamá, maestra o profesor, secretaria o portera que han comenzado el día en su casa o que van camino al colegio para decirles que no le aflojen, que vale la pena, que como dice Gainza tomando la imagen clásica del la vida como un viaje, arduo pero hermoso :

“Es consolador soñar mientras uno trabaja, que ese barco ese niño-irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío llevará nuestra carga de palabras (y de amor) hacia puertos distantes, hasta islas lejanas.

Soñar que cuando un día esté durmiendo nuestra propia barca, en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada”.

Esther Fasja 

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