El Librero de Mamá Natural

La poesía del nacimiento

  • Palabras que se han escrito hace siglos o apenas ayer para describir a un niño en específico, también pueden iluminar a los nuevos padres cuando las descubran entre las páginas de los libros. Y con motivo de la Semana Mundial de la Lactancia Materna 2016 citamos a Octavio Paz con este hermoso poema:

poesía del nacimiento

A lo largo de la historia humana, la poesía siempre ha tenido versos para los recién nacidos (¿o qué son entonces las palabras inteligibles de los padres y familiares cuando toman los minúsculos deditos de la mano? Vienen directamente del alma). Hay poemas ya consagrados de William Blake y William Butler Yeats (“Una plegaria por mi hija”), pero existen otros escritores más recientes que también tienen palabras que ofrecer.

Mucha de la poesía antigua está llena de metáforas. Sí tocan temas que para entonces eran tabú, como la lactancia, pero debían ser disimulados para no describir directamente las partes del cuerpo. 

Si bien muchos de los poemas a los recién nacidos son escritos por mujeres, también hay que mencionar cómo es la perspectiva de los hombres —pues también son parte del proceso. La poesía de ellos se concentra en la expectativa del nacimiento y los nervios que provoca la paternidad. Un ejemplo, es “Expecting” (“Expectativa”) de Kevin Young, donde ya introduce elementos tecnológicos, el ultrasonido de su bebé: “The doctor trying again to find you, fragile / fern, snowflake” (El doctor tratando de nuevo de encontrarte, frágil /  helecho, copo de nieve).

Como todos los copos de nieve, que lucen idénticos, así parecen los recién nacidos, los embarazos, los partos y todo el proceso. Palabras que se han escrito hace siglos o apenas ayer para describir a un niño en específico, también pueden iluminar a los nuevos padres cuando las descubran entre las páginas de los libros.

Y con motivo de la Semana Mundial de la Lactancia Materna 2016 citamos a Octavio Paz con este hermoso poema:

La leche y sus metáforas

… Comenzar a vivir, crecer, es un proceso doloroso: nuestra vida se inicia como un desprendimiento y culmina en un desarraigo. En el mundo prenatal deseo y satisfacción son uno y lo mismo; el nacimiento significa su disyunción y en esto consiste el castigo de haber nacido. En ese castigo comienza también la conciencia de ser: sentimos nuestro yo como sensación de cercenamiento de lo otro. Pero hay una substancia prodigiosa que hace cesar la discordia entre deseo y satisfacción: la leche maternal. En ella el placer y la necesidad se conjugan. La lactancia atenúa la distinción entre sujeto y objeto. La unidad se restablece y por un instante el uno es el otro. En una imagen doblemente admirable, por su exactitud visual y por su penetración espiritual, Hölderlin dice que el niño pende del pecho de su madre como el fruto del ramo. Así es: el niño vuelve a ser de nuevo parte del cuerpo del que fue arrancado. La substancia que cicatriza la herida es la leche, la savia maternal.
La lectura es una metáfora doble. En uno de sus extremos, reproduce la situación infantil original: la escritura es la leche mágica con la que pretendemos disipar la separación entre el sujeto y el objeto. En el otro extremo, despliega ante nosotros una antigua y compleja analogía. Desde el principio del principio el hombre vio en el cielo estrellado un cuerpo vivo regado por ríos de leche luminosa e ígnea; a esta visión, que hace del cosmos un inmenso cuerpo femenino, se alía estrechamente otra: las estrellas y las constelaciones se asocian y combinan en el espacio celeste y así trazan figuras, signos y formas. La leche primordial se transforma en vocabulario, el cielo estrellado es un lenguaje. La leche estelar es destino y las figuras que dibujan los astros son las de nuestra historia. La leche es vida y conocimiento. Vieja como la astrología, esta metáfora ha marcado nuestra civilización: signum, es señal celeste, constelación; también es sino: destino. Los signos son sinos y las frases que escriben las estrellas son la historia de los hombres: los signos estelares son la leche que mamamos de niños y esa leche contiene todo lo que somos y seremos. 

Fragmento del libro Sor Juana Inés de las Cruz o las Trampas de la Fe
Octavio Paz

 

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