Karla Lara

Escuchemos nuestro corazón desconectando la razón

  • Sería muy útil para nuestra sociedad que se excede en razonar, tratar de regresar a lo básico emocionalmente hablando.

Mariana-Palova.jpg

Artista: Mariana Palova
Mariana Palova

En estos tiempos en los que la información pareciera estar siempre disponible, en todas sus formas, a través de todos los medios posibles, tengo la impresión de que en el último lugar en el que la buscamos es en nuestro interior y es verdad que la información que tiene una fuente confiable, lógica, comprobable y de ser posible documentada, siempre será útil, pero en este caso me refiero a la información emocional, a los datos que no podemos documentar basados en evidencias, sino solo en experiencias.

En lo personal creo que siempre es el momento para escuchar nuestra voz interior y con mayor atención cuando nos convertimos en madres y en padres, porque es entonces cuando esa voz alcanza una sonoridad distinta, otros decibeles, porque está destinada a vibrar entre padres e hijos desde su concepción y hasta siempre, porque resulta ser algo que a pesar de ser intangible, responde perfectamente a las situaciones, necesidades, dudas, miedos y proyectos que vivimos y experimentamos alrededor de nuestros hijos (nacimiento, lactancia, destete, alimentación, ingreso a la escuela, cambio de escuela, cambios de humor, cambios de edad, cambio de talla, enfermedades, logros, accidentes, rutinas y toda clase de temas), pero a veces el razonamiento calla esa voz.

En algunos momentos de nuestra vida es normal y muchas veces necesario, recurrir a personas que consideramos expertas en ciertos temas para que nos ayuden a resolver algunas dudas o incertidumbres en nuestro viaje hacia y durante nuestra maternidad y/o paternidad, sin embargo; eso no es garantía de que las respuestas que podamos encontrar sean siempre las adecuadas para cada situación y es que existen muchos momentos en los que como seres humanos “inteligentes” nos cuestionamos si lo que hacemos en nuestros roles de madres y de padres es lo adecuado; nos preguntamos si podemos hacerlo mejor; si tenemos más opciones; si nuestro estilo o formas de crianza (como si se pudiera catalogar tal cosa), son acertadas; en fin, nuestra inteligencia reta todas las posibles respuestas, lo triste es que muchas veces, esa misma inteligencia nos limita o descarta esa búsqueda hacia nuestro interior.

Lo que puede resultar incluso en nuestra contra es razonar demasiado las posibilidades sobre tomar una decisión u otra en situaciones cotidianas de la vida con nuestros hijos, a veces, en el exceso de ejercicio de pensamiento lo que logramos, lejos de encontrar soluciones prontas o sencillas, es una desconexión con esa voz que viene desde dentro, rompemos con esa intuición natural, con nuestro sexto sentido, ignoramos las corazonadas, los presentimientos, etc., y esa sensación que nos dicta el sentido común (a veces el menos común de los sentidos) la dejamos pasar sin siquiera darle una mirada. 

Es una verdad incuestionable que las personas estamos dotadas con la capacidad de razonar y de elegir, lo que es cuestionable es que en el uso de esa capacidad busquemos las respuestas solo hacia afuera, omitiendo escucharnos a nosotros mismos, ¿cuántas veces luego terminamos por sentirnos más extraños aún con la situación que atravesamos?; ¿cuántas veces incluso acabamos más confundidos qué cuándo empezamos a tener la duda?; ¿cuántas veces en realidad la solución que necesito viene de afuera y me funciona sin que yo tenga certeza de qué pude hacerlo diferente?; ¿porqué llego a creer que un extraño puede saber mejor lo que necesita mi hija o mi hijo?…

Si llevamos nuestra atención a las habilidades y a las aptitudes que hemos desarrollado como madres y padres a través del tiempo, podemos darnos cuenta y comprobar que la mayoría de ellas no nos fueron enseñadas por nadie, ni tampoco las aprendimos de un manual que nos haya sido entregado a los padres sobre los hijos, ni tuvimos instrucciones precisas, ni recetas o fórmulas mágicas para desarrollarlas, lo que ha sucedido entonces es que hemos tratado de hacer y de dar lo mejor para nuestros hijos en cada momento y eso no siempre es lo que viene de fuera, sino lo que tenemos dentro de nosotros y que nos ha sido dado naturalmente: el amor, la contención, la paciencia, el cuidado, la protección hacia nuestros hijos y en ello no hemos pedido la opinión a terceros cada vez que practicamos nuestra crianza.

Lo que propongo es que empecemos a escuchar a nuestro corazón desconectando del exceso de razón, sí; que tratemos cada día de poner algo más de atención para escuchar nuestras propias emociones, nuestros sentimientos, nuestras reacciones originales a lo que perciban nuestros sentidos: sobre lo que veo, escucho, toco, siento o presiento; propongo aceptar que lo que atraviese mi mente o lo que me diga mi intuición de madre o de padre a veces y muchas veces, puede ser la mejor de las respuestas a mis dudas o temores, porque nadie sabe qué es lo mejor para cada hijo, que sus propios padres, porque para definir qué es lo mejor, debemos de regresar a la conexión primaria que tuvimos y que tenemos con los seres que son nuestros hijos, porque emocionalmente en algún momento de nuestras vidas fuimos un solo ser y porque cuando los niños nacen y dejan atrás el útero materno para vivir fuera de él, se mantiene una conexión invisible con la madre, algo intangible pero real y que a veces se le llama el cordón de plata entre madres e hijos, y esa conexión es algo que logran también muchos padres.

Estoy cierta de que si las madres y los padres pusiéramos una atención genuina en las necesidades y en los momentos que atraviesan nuestros hijos, si los miráramos mas a los ojos, si tratáramos de ver el mundo a través de su infancia y a través de nuestra propia infancia, sería cada vez más fácil, cada vez más evidente u obvio y muy natural atravesar la mayoría de las situaciones de la mano de nuestros hijos, reconociendo que todos somos maestros de todos y que siempre hay algo que aprender, si desconectáramos el exceso de razón y le subiéramos el volumen a nuestra voz interior, tendríamos crianzas más intuitivas, más personalizadas, porque cada bebé y cada niño son únicos y diferentes, porque las madres y los padres somos distintos unos de otros en miles de sentidos, porque los seres humanos somos una diversidad que representa a los seres vivos inteligentes y que en uso supremo de esa inteligencia deberíamos de tratar un poco cada día de conectar unos con otros, de manera tribal, en comunidad, en células de personas que vivan en amor y en conciencia, en lugar de retar todas las respuestas básicas en nombre de la razón.

Sería muy útil para nuestra sociedad que se excede en razonar, tratar de regresar a lo básico emocionalmente hablando, que cada uno de nosotros tratara de buscar primero toda mejora, toda respuesta, todo cambio dentro de nosotros mismos para que eso fuera un ejemplo para nuestros hijos y así, con la seguridad de que el amor da buenas respuestas, criar niños felices sin estereotipos, sin paradigmas, niñas y niños que luego sean adultos conectados con su corazón, que sean capaces de mostrar libremente empatía, solidaridad, apoyo… ¿suena lindo no?, pues el cambio empieza por mí, luego por ti, y luego en cada unos de nuestros hijos, vamos entonces escuchando a nuestro corazón, seguro nos dirá qué hacer…

Twitter de Karla Lara: @Karla Doula         

 
Artículo AnteriorPróximo Artículo
ESCRIBE UN COMENTARIO

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Alojado en Next.LA