Crianza, Familia

¿Dejar llorar a tu bebé? Aquí te decimos por qué no deberíamos hacerlo

  • El bebé, por sí solo, es completamente dependiente de sus cuidadores para aprender a regularse y calmarse solo. Es gracias al cuidado que aprenden a abordar sus propias necesidades, sintonizando mente y cuerpo para tranquilizarse

Dejar llorar a tu bebé

Cuando nos convertimos en madres, nos inunda un deseo, nítido y poderoso, que nos impulsa a proteger a nuestro pequeño. Podríamos inclusive decir que deseamos mantenerlo dentro de una burbuja eterna, y así evitar que le pase algo que pudiera lastimarlo…

Sin embargo, hay ocasiones en que este deseo se vuelve tan abrumador ante la incomprensión de lo que bebé quiere, que su llanto nos parece un taladro en nuestra cabeza adolorida y fatigada (y si bien nos va, oliendo a vómito). Y a veces… deseamos dejarlo ahí, que llore y se tranquilice solo mientras una toma un respiro para tranquilizarse.

La realidad es que la fantasía (o realidad, según sea el caso) de dejarlo llorar para que él o ella se tranquilice por su cuenta, es un concepto cultural que emergió como parte de un patrón en que si se dejaba llorar al bebé, éste se quedaba finalmente dormido después de un cierto periodo de tiempo bajo el argumento: “déjalo que se canse…”

Lo cierto es que, de acuerdo con la neuronciencia, la acción de dejar llorar al bebé lo expone a niveles altos de estrés, lo cual llega a afectar su desarrollo cerebral. Es decir que, durante la primera infancia (desde el nacimiento hasta los tres años), el desarrollo de la región orbitario-frontal del cerebro –encargada de las funciones emocionales, entre las cuales se encuentra el manejo de estrés- se verá afectado por la presencia excesiva del cortisol (la hormona del estrés). 

En recientes estudios se ha descubierto que cuando un bebé está sometido a una cantidad grande de estrés, se crean condiciones que dañan las sinapsis entre las neuronas en proceso de formación. Si bien las consecuencias no son aparentes inmediatamente, la realidad es que la sobreactividad del cortisol puede establecerse como patrón de vida tanto para el sistema de respuesta al estrés como al cuerpo a través del nervio vago (el cual afecta al funcionamiento de múltiples sistemas en el cuerpo, como el de la digestión).

Por ejemplo, el estrés prolongado durante la primera infancia puede provocar un pobre funcionamiento del nervio vago y, en consecuencia, una serie de desórdenes relacionados con el sistema endocrino o el digestivo (como la vejiga irritada). Además, cuando hay altos niveles de cortisol (sumado a la serotonina), el bebé puede llegar a sufrir de vómitos involuntarios.

El bebé, por sí solo, es completamente dependiente de sus cuidadores para aprender a regularse y calmarse solo

Ante esta situación, el bebé requiere de un proceso de autocuidado inmediato por lo que su cuerpo libera sustancias como endorfinas, serotonina y opiáceos (neurotransmisores de la alegría, placer, recompensa y relajación), provocando que el bebé caiga rendido de cansancio y se duerma como una manera de reducir el estrés en su sistema. Cabe mencionarse que esto no lo hace porque “haya aprendido” a dejar de llorar, sino porque estas sustancias hicieron efecto en su cuerpo. Además que este proceso, si es con cierta frecuencia, es probable que bebé aprenda (ahora sí) a no llorar para pedir ayuda, ya que no hay quién atienda a sus llamados de auxilio; lo cual afectará en sus relaciones interpersonales de un futuro.

Tal como menciona Gerhard:

“[n]o es la ausencia de la madre lo que aumenta el nivel de las hormonas del estrés, como el cortisol, sino la ausencia de una figura adulta que estuviera alerta y se hiciera responsable del estado emocional del niño [del cual, éste no puede responsabilizarse] en cada momento.”

El bebé, por sí solo, es completamente dependiente de sus cuidadores para aprender a regularse y calmarse solo. Es gracias al cuidado que aprenden a abordar sus propias necesidades, sintonizando mente y cuerpo para tranquilizarse:

“Cuando un bebé siente miedo y tiene un padre que lo sostiene y lo conforta, el bebé elabora herramientas para calmarse que se integran con su propia habilidad de calmarse. Los bebés no se calman solos cuando están aislados. Si son dejados para llorar solos, ellos aprenden a cerrar su rostro al estrés excesivo, dejando de sentir y dejando de confiar.”

Fue Erik Erikson, psicólogo encargado de la teoría del desarrollo psicosocial del individuo, quien recalcó que los primeros años de vida son realmente un periodo sensible para establecer un sentido de confianza en el mundo. Es decir, que cuando las necesidades de un bebé se atienden sin estrés, él o ella aprende que el mundo es un sitio en el que está seguro y que puede brindar apoyo y afecto. Sin embargo, cuando es ignorado, él o la niña desarrolla un sentimiento de desconfianza tanto en las relaciones como en el mundo, provocándole un deseo de tratar de llenar ese vacío interno a lo largo de toda su vida.

La respuesta del cuidado a las necesidades del bebé influye también en el desarrollo psicocognitivo y emocional (inteligencia, empatía, nivel de agresión o depresión, autoregulación y competencia social) del segundo. Es decir que si se deja llorar a bebé, se fomenta una calidad de vida más ansiosa, menos cooperativa e, inclusive, con menor nivel de inteligencia (cognitiva como emocional). Esto, por supuesto, provoca un desequilibrio en la vida tanto del adulto como del infante.

Artículo AnteriorPróximo Artículo
ESCRIBE UN COMENTARIO

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Alojado en Next.LA