Crianza, Educación, Familia

5 miedos de infancia que nos acompañan en la vida adulta

  • Cuando un evento se asocia a una sensación se crea una conexión neuronal, la cual se guarda en la memoria a través de la emoción y se forma, en consecuencia, una conducta reactiva.

miedos de infancia

Las experiencias en la vida pueden dejarnos una marca muy profunda, y serán sus resultados (o sensaciones) las que se convertirán en el pivote de nuestro actuar a lo largo de la vida. Es decir que aprendimos disfrutar de un chocolate caliente en la cama mientras se ve una película, porque la repetición de esta acción nos brindó una sensación de comodidad, relajación, placer y alegría; mientras que aprendimos a no meter la mano al fuego porque, al hacerlo, nos dimos cuenta que las llamas son capaces de lastimarnos y generarnos dolor.

Ambas experiencias crearon en nosotros conexiones neuronales, las cuales asociaron el evento con la sensación que éste  provocó. Esto se instaló en la memoria (implícita) y se reactivrá ante un estímulo detonante que genere la misma sensación del primer evento.

La región encargada de este proceso es el sistema límbico, el cual se encarga de las emociones, la memoria, la atención, los instintos sexuales, la conducta, entre otros. Por tanto, cuando un evento se asocia a una sensación se crea una conexión neuronal, la cual se guarda en la memoria a través de la emoción y se forma, en consecuencia, una conducta reactiva. En caso que haya un patrón repetitivo del evento, la conexión neuronal se fortalecerá y establecerá ese circuito de comportamiento fisiológico, emocional y conductual.

miedos de infancia

En otras palabras, nuestro conocimiento adquirido por el aprendizaje se fundamentó gracias a la repetición de prueba y error. Es decir que si en cada prueba académica en la primaria, nuestros padres nos repetían lo indispensable que era sacar una buena nota para no defraudarlos, nuestro cerebro asoció el miedo de fracasar y el defraude paternal (y con ello, el dolor que eso causaría).

Durante la infancia tendemos a tener ciertos miedos, los cuales pueden llegar a acompañarnos en nuestro día a día durante nuestra vida adulta. Son miedos que, al no tener tan conscientizados, pueden afectar en nuestras relaciones con el medio ambiente así como con uno mismo.

El miedo al abandono puede ser el peor enemigo, ya que afecta las relaciones interpersonales. Se tiende a mantener el deseo de cercanía, vigilando constantemente a la pareja o a los amigos. Hay un miedo insoportable a la infidelidad. Y en muchas ocasiones se reacciona evitando a las relaciones interpersonales: “te dejo antes de que me dejes a mí”, “si te vas, no vuelvas jamás”, etcétera. Este miedo a la soledad crea unas barreras invisibles al contacto físico. Lo importante con este miedo es empezar a contar con un dialogo interno que permita disfrutar el tiempo y espacio con uno mismo.

El miedo al rechazo que se dirige casi directamente a un rechazo hacia uno mismo: a las vivencias, pensamientos, sentimientos, creencias. El sentimiento predominante en este miedo es el no ser deseado, el ser descalificado constantemente, el no sentirse merecedor de afecto ni de comprensión, el aislarse en un vacío abrumador. Las personas con este miedo requieren de un trabajo interno, cuyo objetivo es brindarse la oportunidad de gozar existir.

La humillación es un miedo constante a la desaprobación y a la crítica de los demás. Esto pudo venir de constantes comentarios acerca de lo torpes, malos, ineptos que se es. El miedo a la humillación puede desarrollar una personalidad dependiente, lo cual puede ser peligroso si se es dependiente a relaciones egoístas, a sustancias psicoactivas o conductas de riesgo; o, por otro lado, a ser una persona autoritaria o tirana hacia los demás. Para este tipo de miedo, es importante trabajar la independencia, la libertad, la comprensión de las necesidades propias así como de los temores, analizar cuáles son las prioridades.

La traición (o también el miedo a confiar en los demás), ya que se ha sufrido de una constante ruptura de promesas. Esta desconfianza puede llegar a transformarse en sentimientos negativos, donde uno no es merecedor de lo bueno (o de lo que los demás cuentan); en sentimientos de control sobre los demás, los cuales se justifican con “ser de carácter fuerte”. Este tipo de personas necesitan trabajar no sólo la tolerancia, también los placeres básicos de la vida (desde comer hasta dormir).

La injusticia es un miedo derivado de una exigencia excesiva durante la infancia, lo cual puede provocar sentimientos de inutilidad e ineficacia durante la niñez. Las personas cone este miedo latente tienden a ser muy rígidas, ya que intentan ser muy importantes o casi perfectas. Desgraciadamente esto fomenta mucha desconfianza. Este tipo de personalidad requiere de un trabajo donde el principal objetivo es el perdón hacia sí.

Fotografía principal: Toddleabout.co.uk

 

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